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Kienholz_Blue_boy

mercedes.iartes


Published on November 29, 2014

agua del inodoro. Si uno roncaba mientras dormía, el otro era molestado, En Blue boy and Pinkie , las figuras están mirando hacia delante e ignorando al otro. Sin embargo, cada figura está alargando la mano a través de un muro de vidrio, y agarrando por una pata a una gallina (las posesiones). En el piso se halla un pez (el tiempo) que se desliza sin provecho hacia delante. Esta obra simboliza nuestra humana fragilidad y nuestro miedo al cambio. Por no abrir la mano y dejar ir, nos vemos obligados a aguantar, y a no ser nunca libres.” (Texto explicativo de Nancy Reddin Kienholz, en The Kienholz Women ( Catálogo), Gallerie Maeght, Zurich, April-May, 1981, s/p.). Hasta aquí la anécdota. No cabe duda de que este texto de la esposa del artista proporciona un contenido informativo sumamente valioso para comprender la composición Blue boy and Pinkie en su génesis histórica y]en su manifestaci6n iconográfica. Pensamos, sin embargo, que este reducido enfoque interpretativo debe ser ampliado en la perspectiva de unos horizontes más abiertos y genéricos. Porque, independientemente de que Kienholz, para la realización de esta obra se haya basado en la estrambótica experiencia concreta vivida por un matrimonio de Los Angeles, Blue boy and Pinkie no se contenta con ser una “foto de familia” de un par de neuróticos norteamericanos, sino que parece manifestarse como un “'retrato de la familia”, como una radiografía que pone al descubierto las intimas articulaciones y las secretas dependencias y sojuzgamientos de la relación amorosa. Blue boy and Pinkie no describe, pues, una simple anécdota estrafalaria o una situación absurda de un par de californianos estúpidos y egoístas, sino que narra la historia de la estupidez y el egoísmo humanos, y expresa de modo arquetípico la estructura genérica de la condición de la existencia social y, en especial, de la relación entre hombre y mujer, tal como son percibidas a través de la matizada mirada pesimista de Kienholz. En definitiva, pues, creemos que , en Blue boy and Pinkie , el artista, a partir de un caso concreto, ha inducido una estructura genérica y ha forjado un modelo paradigmático que se adecua a la desencantada concepción que él tiene del hombre. En este sentido suscribimos plenamente la interpretación de Willy Rotzler cuando escribe: “cada obra [de E. Kienholz], (...) es la visualización de una única y definida situación o constelaci6n, un asunto particular, un “ fait divers ”, aparentemente sin ninguna validez general. Pero precisamente como una fabula, en una leyenda, parábola o proverbio, o, en el presente caso, en una anécdota, lo único y lo singular/representan realmente lo general y lo universal/ Lo que se manifiesta es el reflejo de algo mas comprehensivo”. (“The Kienholz Women”, en The Kienholz Women (Catalogo), Gallerie Maeght / Zurich, April-May, 1981, s/p). A partir de estos supuestos, nos parece posible interpretar la obra Blue boy and Pinkie como una trágica parábola, a través de la que Kienholz tipifica arquetípicamente cinco aspectos fundamentales de lo que el cree ser la miserable condici6n del hombre actual: su esterilizante egoísmo, su comunicación frustrada, su despersonalizaci6n, su esclavizante machismo y su pasividad frente al destino y la muerte. Puesto ya en luz por el comentario inicial de Nancy Reddin Kienhblz, el egoísmo es el primero (y, sin duda, el mas evidente) rasgo que se desprende de esta obra. Que por amor a unas miserables pertenencias, se acepte compartir con quien se odia una misma casa (un mismo infierno), y enterrarse de por vida en el mismo estrecho ataúd; que cada uno de los tristes protagonistas de esta “historia” acepte vivir simultáneamente —en paranoica ubicuidad— en ambos lados de la precaria frontera que separa al “yo” amado y al “tú” detestado, ofreciendo al mismo tiempo, a través de unas frágiles paredes que ven, oyen y entienden, esa misma intimidad que se ha querido sustraer a la consideración del odiado compañero; que se quiera vivir en la presencia ineludible y en la vida compartida de aquel cuya ausencia y muerte (simbólica) se han decretado; que haya querido uno aferrarse a los objetos (la gallina: las posesiones), pretendiendo ignorar la presencia del sujeto que les da sentido y valor, son otras tantas formas simbólicas que representan el mortal egoísmo humano. Kienholz ha diseñado metafóricamente, en esta obra, el absurdo a que conduce el egoísmo cuando (como diría Gabriel Marcel), por un excesivo afán de “tener”, renuncia uno a “ser”. El artista ha puesto así en luz que el amor excesivo al propio “ego”, conlleva trágicamente, como doble consecuencia letal, el asesinato (simbólico) del “tú” y la muerte (moral) del “yo”. Un segundo aspecto puesto de relieve por Blue boy and Pinkie es el drama humano de la comunicación frustrada, de la soledad radical del individuo en un mundo agresivo y hostil.