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Carta Pastoral Día del Seminario 2011

Manolo Jiménez Carreira


Published on December 2, 2014

2     3. El sacerdote, presencia de Cristo en su Iglesia. Como expresa el lema de este año, el sacerdocio es un verdadero don de Dios para el mundo. El servicio ministerial del sacerdote es un destello del amor de Dios por el hombre, y de la irrevocable voluntad del Señor “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2, 4). El sacerdote es presencia de Cristo en su Iglesia; pregonero infatigable del Evangelio y maestro de vida cristiana, por la predicación constante de la Palabra de Dios y su testimonio de vida. Es también padre fecundo del hombre nuevo que brota del bautismo; vehículo del consuelo divino para los enfermos; y expresión de la solicitud de Dios por los pobres y desvalidos. De sus manos consagradas recibimos los beneficios de la divina misericordia, capaces de levantar al hombre de la postración del pecado y liberarle de su esclavitud. Los sacerdotes, extendiendo sus manos sobre el pan y el vino y pronunciando las palabras sacrosantas de la consagración, perpetúan la presencia real y verdadera de Jesucristo sobre el altar de nuestro mundo, y nos brindan el alimento del caminante, el viático del peregrino y el sustento que hoy necesitamos más que nunca para vivir fielmente en los tiempos recios que nos ha tocado vivir. Al mismo tiempo, hacen posible que en cada sagrario se cumpla la promesa del Señor de no dejarnos huérfanos y de estar con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). 4. Gratitud a los sacerdotes de la Archidiócesis. Por todo ello, hago mías las palabras del Cura de Ars, San Juan María Vianney, cuando afirma que "un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina". Donde quiera que haya un sacerdote, mediante el testimonio de su vida sencilla y entregada, se está afirmando la presencia amorosa de Dios y su fidelidad a los hombres de todo tiempo y lugar. Por esta razón, no quiero dejar pasar esta ocasión para dar gracias a Dios por la vida entregada de tantos sacerdotes de nuestra Archidiócesis, que obedeciendo al encargo recibido del Señor, sirven fiel y ejemplarmente a la Iglesia, ofrendando su vida, con generosidad y de buena gana, por amor a Dios y en favor de nuestro pueblo. Recibid, queridos sacerdotes, el afecto, la amistad y el aprecio sincero de vuestro Obispo, y la certeza de que mi oración os acompaña. 5. Llamada a los jóvenes. Pero siendo cierto que el sacerdocio constituye un verdadero regalo de Dios para cuantos por su mediación reciben la gracia y los dones de la salvación, no lo es menos para quienes han sido llamados por el Señor para este ministerio. Por ello, me dirijo ahora a los jóvenes de nuestra Archidiócesis, para asegurarles que los primeros beneficiados por el don del sacerdocio son aquellos a los que el Señor distingue con un amor de predilección, llamándolos a vivir en su compañía, haciéndoles partícipes de su misión salvadora y sumergiéndolos en las profundidades de su Corazón. Queridos jóvenes: cuando Dios llama, Él nos garantiza una vida en plenitud, pues nos convoca a compartir la vida y la misión de su Hijo, el único que puede saciar las ansias infinitas de felicidad que laten en vuestros corazones juveniles. Así lo reconoce San Agustín en sus Confesiones cuando nos dice: “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”. Hoy igual que ayer, como